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Es la hora de la ciencia.

Impactados y llenos de preguntas a las que todavía no encontramos respuesta son algunos de nuestros temores en horas de incertidumbre ante un futuro que, dependiendo de cómo nos levantemos, nos parecerá apocalíptico o esperanzador.

 

En cada generación se da algún hecho que se interpreta como el fin de los tiempos. Se escribe desde la depresión y se trata de pronosticar que pasará. Muchos sentencian el fin del mundo, el fin de la globalización y, por supuesto, el anhelado fin del capitalismo que, con toda seguridad, solo se transformará.

Esta pandemia provocará cambios en todos los campos de la actividad humana, es deseable que así sea, pero el cambio no será de un día para otro y lo harán las nuevas generaciones a quienes hoy, parados en nuestro pedestal de sabiduría, los descalificamos por inexpertos. Sí los extremos son malos, no hay que dejarse llevar ni por la depresión ni por la euforia, ni por el cúmulo de años o títulos académicos que no siempre significan sabiduría.

 

En momentos en que creemos que nuestra vida está en peligro y nuestra situación económica en riesgo de pauperizarse es oportuno mirar en retrospectiva para ver qué hemos hecho mal, qué cosas no hemos hecho y debimos hacerlas y, por supuesto, pensar en qué deberíamos hacer.

 

Hemos dedicado muchas planas y ríos de tinta en los medios, además de recursos del erario, a la atención de la agitación social en todas sus modalidades.

 

Sin embargo, hoy que nuestro modo de vida lo sentimos en riesgo es necesario preguntarse si esos recursos gastados valieron la pena porque solución que esperamos con ansia viene de la ciencia y no de la agitación.

 

A la ciencia no le hemos dedicado más que migajas de una orgía presupuestal que ha engordado a funcionarios y líderes, pero no ha apoyado a quienes debería, por tanto, debemos replantear un cambio en los modelos educativos y aceptar que nos ha faltado ciencia, muchas ciencias naturales y tecnología. La pandemia nos obliga a buscar respuestas certeras, formales, racionales y científicas.


Es necesario pensar en la educación del futuro. Estamos viendo que la ciencia y los expertos son necesarios. Hoy más que nunca la alfabetización digital es indispensable, el conocimiento de las matemáticas, el pensamiento lógico y racional y el saber trabajar en equipo.

 

La pandemia evidencia, una vez más, que la educación es la mejor inversión, introducir las ciencias y darles el lugar que merecen requiere de cambios en los programas de estudios, amplios equipamientos en las escuelas y una nueva clase de profesores que hay que formar.

 

Es tiempo de aprovechar el empuje que esta pandemia está dando a la alta tecnología, la medicina, las matemáticas y la genética para apoyar a las universidades y los estudiantes dispuestos a capacitarse en las nuevas modalidades y pedagogías de la educación en línea.

 

Viene una nueva era, la del petróleo está empezando a declinar y estamos entrando de lleno en la cuarta revolución industrial y tecnológica. La robótica y la inteligencia artificial dominarán el mundo.

 

Vemos en peligro nuestra forma de vida y no sabemos si solo estamos ante una pausa o el inicio de un cambio radical. Esta incertidumbre nos conduce a revisar nuestros valores culturales, técnicos y científicos porque, a pesar de toda la tecnología que hemos desarrollado, seguimos siendo vulnerables. La educación y la ciencia, por tanto, deberían darnos las oportunidad de ejercer las dos caras de la libertad: la emancipación y la autonomía.

 

Es un excelente momento para echar a andar en profundidad los modelos de educación a distancia que, por su edad, poca o mucha, algunos no son capaces de comprender. Para empezar, la educación a distancia desarrolla varios hábitos, entre ellos los muy útiles de la disciplina y la responsabilidad que tanta falta hacen hoy. A pesar de las resistencia sindicales, el futuro de la educación está en las tecnologías virtuales.

 

No está de más pensar que la inteligencia artificial no solo habrá de suplir, no suplantar, a muchos profesores, sobre todo a los mediocres. Que habrá profesiones y oficios que desaparecerán; por ejemplo los autos serán autónomos, las grandes automotrices fabricarán otras cosas o quebrarán, las empresas de tecnología serán las líderes sobre las manufactureras, que el petróleo no se agotará pero que dejará de primar en nuestro mundo, habrá fuentes renovables de energía que la harán accesible y barata y, para ese mundo tecnológico es indispensable que a los niños se les prepare no para operar las máquinas, que cualquiera lo hace, sino para diseñarlas, para convertirse en protagonistas del cambio y no quedarse en pasivos espectadores.

 

Estamos viviendo la hora de la ciencia y la tecnología como respuesta a nuestra incertidumbre.

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